Hoy es el Día Mundial de la Poesía. También solía ser el día en el que comienza mi estación favorita del año, pero ahora vivo en el Hemisferio Norte, así que ya no lo es.  Era el cumpleaños de una de mis abuelas, pero falleció hace tiempo. Finalmente, solo me quedan los recuerdos de abuelas al viento y hojas muertas, o viceversa. Y la poesía, que no es poca cosa.

Escribí mi primer poema cuando tenía nueve o diez años, arrancando cuarto año de la primaria. Unos meses atrás, curiosamente, había sufrido mi primera grieta hacia el mundo ancho y basto, contemplando en el televisor de la cocina como caía el muro de Berlín. Todos festejaban sobre bloques de concreto, no parecía algo tan importante. Tuve que preguntar para entender por qué la gente se abrazaba y lloraba. Hoy me sorprende reconocer que me enteré de la existencia del muro con su caída; podría decir que fue así porque era una niña, pero no fue sólo eso, crecer en el extremo Sur del mundo también nos excusa de conocer otras realidades. Algo tuvieron que ver las preguntas que me hice ese día con que escribiera poesía… Y ahora vivo ahí, en ese lugar lejano que podía ignorar porque no formaba parte de mi realidad inmediata.

Leía, era una niña lectora. Los libros eran amigos, refugio y compañía. Escribía sí, escribí cada día desde que aprendí a hacerlo, pero no parecía suficiente. Y soñaba con ser tantas cosas, tenía esa omnipotencia de la infancia, lo podía ser todo. Iba a salvar animales, descubrir ciudades desconocidas, hacer acrobacias sobre hielo, y aprender todos los idiomas del mundo, así, de yapa. Sin embargo, entre más crecía más comprendía que no iba a poder hacer todo lo que quería o soñaba, que de hecho el querer ser yo misma ya era más de la cuenta, porque a todos les parecía una grave ofensa. Los adultos a mi alrededor me trataban como a una pequeña impertinente, y los otros niños me miraban con cierto recelo. Tenía una incómoda tendencia a mostrarme tal cual era, y a decir verdades enteras, esas que no se dosifican según la audiencia. Y por último, estaba el agujero.

El agujero merece párrafo aparte. No sé si nací con él, pero fue por esa edad que lo descubrí.  No puedo precisar la forma o tamaño, pero al principio era como esos agujeros en la pared en los que uno quiere meter el dedo para saber hasta dónde llegan. Después lo sentí agrandarse, tanto como yo crecía. Traté de llenarlo con todo lo que encontraba a mano, pero nunca conseguía taparlo o cerrarlo. Cada mañana al despertar seguía ahí, antes de abrir los ojos ya lo sentía. Era un agujero que, extrañamente, me pesaba. Una tarde leí sobre los agujeros negros y me asusté. Pensé que si se agrandaba mucho me iba a tragar por completo. Intenté encontrar agujeros en las personas que conocía, pero no los veía. Y cada vez que describía lo que el agujero me hacía sentir me quedaba un poco más sola. Al pasar los años, me volví una experta en metafísica aplicada en agujeros. Ya entendía que el agujero era yo, y que el temor de ser tragada era angustia.

Escribo poesía sin haberlo elegido o deseado, pero eso no lo hace menos relevante. Escribo poesía porque es mi catalizador, es lo que me permite ser más allá del campo gravitatorio del agujero. Entonces, cuando se apaga el ruido y no queda nada más frente a mis ojos,  porque ya no hay luz y me quedo a solas conmigo misma… Está la poesía. Así que quizá escribir sea un oficio, pero ser poeta sea una condición del espíritu, una forma de conjurar palabras heridas y agujeros… Y la belleza que está escondida entre las grietas del mundo.

Escribo poesía para ser yo, y eso me hace libre.

Les dejo dos poemas de unos de mis poetas favoritos, Fernando Pessoa:

Autopsicografía

El poeta es un fingidor.

Finge tan completamente

que hasta finge que es dolor

el dolor que en verdad siente.

Y quienes leen lo que ha escrito

en el dolor leído sienten

no los dos que él ha tenido

sino aquel que ellos no tienen.

Y así, entre las vías, gira

distrayendo a la razón

ese trencito de cuerda

que se llama corazón. 



(Sin título)


Todo lo que soy no es más que el abismo

en que una vaga luz

con la que sé que soy yo, y en esto insisto,

oscura me conduce.


Un intervalo entre no-ser y ser

hecho de que yo tenga lugar

como el polvo, que si el viento lo llega a suspender

vive de poderse así mostrar.